Sandra Rossi: “Paciencia es la ciencia de tener paz”

¿Mil o diez mil..? ¿Mil o diez mil..? yo creo que definitivamente diez mil. Sí!!! Son cerca de diez mil veces las que se tiene que repetir una acción para automatizarla. Guauuuu!!! Me suena peor ahora que inicié mi práctica de golf, antes lo sabía, pero no lo experimentaba.

Me viene a la memoria ese día en el que entré a un campo de golf y me dije…”Nada más relajante que estar acá una tardecita de verano”… es entonces cuando el cielo empieza a mutar y se inicia una fiesta de color frente a nuestros ojos sin que nosotros hayamos hecho nada para que eso ocurra.

Qué hermoso ese estado de contemplación frente a tanto habiendo hecho tan poco. Todo está en calma, la naturaleza tiene su propio ritmo y poco le importa del apuro ajeno. Se instala una cadencia que marca  la llegada inminente de la noche. ¿A esta hora los minutos pasan más lento? ¿Por qué me cambia la percepción del tiempo cuando llega la tarde..?

Trato de inspirar el aire que está de oferta, siento el césped debajo de mis pies, como si no estuviera calzada… nada me separa de la tierra, ni del cielo. 

Me preparo para mi primer golpe, afirmo los pies, inclino el cuerpo, las manos se alinean, mi sistema visual se encarga del primer cálculo. Recuerdo que el movimiento se inicia en mis ojos, no en mi cuerpo, el cerebro registra el cálculo y establece en milisegundos la fuerza del impacto necesario para que la pelota vuele hacia el target anhelado… levanto el palo, miro la pelota, contengo el aire… allá voy.

Comienza  el movimiento y mientras comienza me pregunto si habré calculado bien, si no me habré apurado… y en nuevos milisegundos empiezo a sentir la incomodidad que me anuncia que el impacto no va a ser el esperado… nada puedo hacer para detenerlo, el  cerebro envía información a manos y pies a 300 km por hora, el movimiento se inicia  a través de un sistema valvular, es decir, una vez iniciado no se puede corregir en el recorrido.

Si bien sé que no debo levantar la cabeza hasta que termine el golpe, mis ojos se salen de la órbita para encontrar la pelota en el aire, elevándose elegante dejando una estela blanca entre tantos naranjas y violetas… pero definitivamente no aparece en mi campo visual… mis ojos resignados vuelven al suelo, y ahí está Ella, inmutable, como una estatua que cobra vida y me susurra: ”Sobreviví”.

Se me aflojan los músculos de los brazos y de la espalda, pero puedo hacer un giro de 360 grados y verificar que nadie vio lo sucedido. No veo a nadie cerca, qué suerte tengo hoy! Re-chequeo el entorno, mi lenguaje corporal simula que no me importa, por las dudas SI haya alguien que esté mirando todo. Mi golpe fue directo al aire que rodea prolijamente la pelota de golf… sé que es de golf, pero en mi retina impresiona como una pelota de fútbol a la que no pude golpear.

La ira sube desde el centro de la tierra, traspasa el suelo como un cohete que pretende alcanzar la estratósfera usándome como plataforma, ya no me importa el color del cielo, ni los verdes que se ofrecen, ni el aire, ni nada de nada! Me importa la falta de certidumbre en el tiro y no soporto la idea de ver la pelota inmóvil en el mismo lugar que la dejé hace un minuto atrás.

Evalúo la situación y caigo en la cuenta que mi práctica de golf se limita a unas 4 horas de las 168  que tiene la semana, no parecen ser muchas las que invierto en el pulido de mi técnica. Los golpes que vamos aprendiendo van dejando una huella motora que se utiliza una y otra vez en cada situación que asemeje. Cuanto más utilizo esa huella, más profunda se hace, el resultado es la economía en el golpe. Es la liviandad en la acción. La habilidad es hacer parecer fácil lo extremadamente difícil.

Las habilidades se aprenden por repetición, no hay magia hasta el momento que supla la práctica. Cuanto más practico más posibilidades tengo de que mi intención condiga con la acción.

Ahora bien, sabiendo esto, ¿por qué me pongo una vara tan alta a la hora de jugar? Caigo en la cuenta de que tengo más probabilidades de seguir pegándole al aire, por lo menos un tiempo más hasta que logre armar una huella motora adecuada.

Mientras tanto aparece una palabra con la contundencia de lo obvio: PACIENCIA. Un amigo me dijo una vez que “Paciencia es la ciencia de tener paz”. Y me cuesta… la verdad me cuesta la paciencia… pero la dejo entrar en mi conciencia y empiezo a entender que esto requiere tiempo y dedicación y que si no podemos dárselo, el objetivo tiene que estar un poco más bajo, tiene que ser un objetivo alcanzable para no enfrentarnos con la frustración segura.

¿Será que la paciencia es como la práctica de un tiro? ¿Tendré que armar esa huella que haga que si la necesito aparezca de inmediato? 

Pocas dudas me quedan con respecto a la respuesta. ¿Y a ustedes?

sandra

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